Urbanismo feminista Diversas, pero no dispersas
Laura Mercado Maldonado
Departamento de Arquitectura y Diseño. Universidad de Sonora
laura.mercado@unison.mx
En la actualidad transitamos en ciudades que responden al diseño patriarcal y androcéntrico que limita, jerarquiza, excluye vidas urbanas y que ha perpetuado por mucho tiempo, tanto que está profundamente arraigado y las personas no logran identificar en la mayoría de las veces las desigualdades y consideran esta dominación masculina como algo natural. El reclamo entonces es la búsqueda de ciudades inclusivas que tengan en cuenta la diversidad que caracteriza los espacios urbanos.
Las ciudades son diseñadas por y para los hombres, son escenarios donde se presentan jerarquías y desigualdades, así que pensar en Urbanismo Feminista estigmatiza puesto cada individuo la concibe bajo ideas preconcebidas que rechazan movimientos feministas, por ello es necesario explicar que no se trata de un urbanismo únicamente para mujeres, sino que pone en igualdad de condiciones las exigencias de la esfera productiva con las derivadas de la reproductiva, lo que implica nuevos planteamientos de diseño urbano donde el tiempo, distancia y actividades de la vida cotidiana de toda la diversidad poblacional se vuelvan prioritarios en las decisiones urbanas.
Se establece entonces que la distribución del espacio público en las ciudades no es homogénea y se ha puesto mayor énfasis en la esfera reproductiva, entendida como aquella que solo toma en cuenta la producción de bienes y esta vinculada a los espacios laborales, donde los desplazamientos son lineales, es decir solo se considera el camino de casa al trabajo. Esto ha llevado una expansión de la red vial y un aumento de densidad vehicular, lo que a su vez ha provocado un enfoque en la planificación de la movilidad urbana que no contempla los desplazamientos diarios de la esfera reproductiva, que son aquellas actividades no remuneradas como proporcionar alimentos, proveer ropa, ir de compras y ofrecer cuidados como llevar a los infantes a la escuela o cuidar de un adulto mayor (llevarlo al médico, etc.) actividades que conllevan traslados fragmentados y que las ciudades no consideran en su planeación dando paso a experimentar violencia urbana de género y acoso sexual callejero (Álvarez, 2023).
Hablar de urbanismo feminista no pretende victimizar a las mujeres, pero sí de señalar las injusticias urbanas, también reconoce que no existe una sola vivencia urbana, además de la masculina, hay mujeres, personas LGBTIQ+, racializadas, migradas, indígenas, con pluralidad funcional y una amplia diversidad de personas que tienen derecho a la ciudad.
Por parte de la ONU, el tema relacionado al urbanismo con perspectiva de genero tuvo sus apariciones en distintas Conferencias Habitat desde 1976 las cuales señalan la necesaria intervención de los gobiernos para integrar políticas públicas. También tenemos investigadoras que construyeron teorías, agentes académicas y feministas que han lanzado propuestas y mujeres en la presencia legislativa que han visibilizado a la mujer sin embargo aun se sigue escribiendo esta historia de conquista, pues las investigaciones muestran que aún existen restricciones a la vida urbana que evidencian la violencia urbana que se vive en el mundo y particularmente en América Latina donde la inseguridad está presente de manera abrumadora.
En Latinoamérica, la adopción de esta perspectiva no solo ha sido tardía, sino también parcial, lo que ha dificultado un enfoque integral y profundo sobre las cuestiones de género en el espacio público. En este contexto, los movimientos feministas han jugado un papel crucial al transformar los muros, calles y banquetas de las ciudades a través de pintadas y grafitis que, aunque son borradas físicamente en cuestión de días, logran perdurar a nivel simbólico. Estas intervenciones urbanas no solo reflejan una denuncia visual de las desigualdades estructurales que las mujeres enfrentan, sino que también sirven como un medio para poner en evidencia las diversas formas de violencia y discriminación de género presentes en la sociedad. A través de estas manifestaciones, se logra visibilizar una lucha que, a pesar de los intentos de silenciarla, continúa ganando fuerza y trascendiendo en el imaginario colectivo. Así, estos actos de resistencia se convierten en un vehículo poderoso para reclamar los derechos de las mujeres, transmitiendo un mensaje claro y contundente sobre la necesidad urgente de transformar las estructuras sociales, políticas y culturales que perpetúan las desigualdades.

En nuestro país, el espacio público se percibe cono un lugar de riesgo pues, aunque nos lo ofrecen con la idea inocente de un urbanismo neutro, este contiene variaciones en su equipamiento, diseño, mantenimiento y ubicación y si bien todas las personas están expuestas a robos, maltratos o algún tipo de agresión física no podemos invisibilizar que las mujeres viven día con día la posibilidad de una agresión sexual, acoso callejero, tocamiento o hasta violación.
Por otro lado, el derecho que tenemos todas las personas al disfrute del espacio público se refleja claramente en la literatura, ya que diversos estudios han demostrado que estos espacios fomentan la cohesión social, promueven la recreación y mejoran la salud mental. Sin embargo, el hecho de que estos espacios no estén distribuidos de manera equitativa en una ciudad plantea un problema de justicia ambiental, ya que solo un pequeño sector de la población se ve favorecido. Esto resalta, además, la cuestión de la movilidad, ya que el acceso a estos lugares se ve limitado para quienes deben realizar desplazamientos largos o difíciles para llegar a ellos.
Así pues, si imagináramos las tareas que realiza una persona cuidadora pudiéramos entender que se requiere una movilidad mas sostenible, compleja y diversa que tome en cuenta los tiempos de traslado, el medio de transporte, si se viaja en solitario o con acompañamiento, si lleva bolsas y más variables que permitan entender una de las diversas vidas urbanas.

En esta ciudad heteropatriarcal, las mujeres han estado presentes en el espacio público comprando, vendiendo, transitando y realizan actividades para la reproducción social y la organización de la vida cotidiana desde una zonificación segregada con dificultades de accesibilidad, movilidad e inseguridad, descentralización de comercio falta de equipamientos y una importante división social acentuada de espacios para ricos y pobres.
Frente a esta realidad, las mujeres reclaman ciudades incluyentes de proximidad con movilidad efectiva, transporte público que atienda las necesidades de trayectos fragmentados y con espacios públicos seguros ya que de acuerdo con la ENDIREH (2016), el 45.6% de las mujeres en México han sido agredidas en el espacio público al menos una vez en su vida.
En el caso particular de las ciudades del noroeste de México, las ciudades son dispersas y de baja densidad provocando la descentralización de servicios públicos que no contemplan la movilidad de los actores del ambiente urbano, anudado a esto con la llegada del mercado inmobiliario que ha obligado a la población a recorrer distancias más largas y a depender del transporte motorizado ha resultado en una disminución al espacio publico lo que afecta en la calidad de vida de los ciudadanos y ciudadanas.
En Hermosillo, Sonora, se observan estas desigualdades pues muchos de los espacios públicos son de un tamaño que se encuentran en el límite inferior del tamaño recomendado por el gobierno federal. Además, para acceder a estos lugares, hay que recorrer largas bajo condiciones climáticas y espaciales nada favorables y de manera paralela y cotidiana, se vive el acoso callejero que no permite circular de manera plena y libre, todo lo anterior resulta en violencia urbana.
Basta con hacerse preguntas como: ¿Cuántas calles principales de la ciudad llevan nombres de mujeres? ¿Tienes acceso a un espacio público digno a menos de 300 metros de tu ubicación? ¿Puedes caminar por un espacio público sin sentirte insegura? Estas preguntas son suficientes para abrir los ojos y darnos cuenta de que el derecho de las mujeres a la ciudad está siendo vulnerado.
El urbanismo feminista demanda ciudades cuidadoras flexibles y adaptables a las diferentes necesidades de la vida cotidiana y que rompa con la estandarización de sujetos, cuerpos, vivencias y deseos (Valdivia, 2018). Diversas investigaciones proponen metodologías para lograr este objetivo, en las que intervienen distintos actores, la participación ciudadana y nuevos esquemas de planificación y diseño urbano. Estas metodologías buscan reconocer las desigualdades y valorar las diferencias dentro de la población. Se destacan seis variables clave para alcanzar una ciudad más inclusiva: 1. Espacios públicos dignos que fomenten la socialización, ser espacios activos, estimulantes y se diseñen con un enfoque de proximidad y diversidad; 2. Accesibilidad a equipamientos y servicios, que se sitúen a no más de 800m y con una calidad de la infraestructura que permita llegar a pie u otras formas de movilidad sostenible, incluir espacios de descanso o intermedios para llegar al equipamiento que atiendan a la diversidad poblacional como incluir guía táctil, señalamiento, banquetas amplias para tránsito de personas con bebes, con entornos lúdicos; 3. Movilidad peatonal y de transporte público seguro, accesible, diverso y libre, así como zonas de paraderos útiles y planeadas para la realidad urbana; 4. Vivienda pues en ella se presentan estructuras jerárquicas en el ordenamiento espacial; 5. Seguridad, no solo garantizando espacios bien iluminados y visibles, sino también proporcionando rutas claras y alternativas que fomenten la presencia de personas y eviten puntos vulnerables, como esquinas oscuras; y 6. Participación, a través de talleres que visibilicen lo que ocurre en los espacios públicos (Muxí, 2011).
Este nuevo modelo de ciudad abre la posibilidad de avanzar hacia el urbanismo feminista, un enfoque que busca transformar el diseño y la planificación urbana para erradicar las desigualdades de clase, raza, género y edad. La idea es construir ciudades que no perpetúen estas diferencias, sino que promuevan la equidad y el acceso universal a derechos y recursos. Repensar y rediseñar nuestros entornos urbanos se vuelve esencial para crear espacios que no solo sean seguros y accesibles, sino también inclusivos y democráticos. Este enfoque permite garantizar que todas las personas, independientemente de su contexto social, económico o cultural, puedan vivir, transitar y disfrutar de la ciudad de manera plena y libre de discriminación o violencia. Así, el urbanismo feminista tiene el potencial de ser una herramienta clave para construir un futuro urbano más justo y equitativo para todos.
REFERENCIAS
Álvarez, H. M. (2023). Habitar desde la movilidad cotidiana y la experiencia de acoso sexual callejero en usuarias del transporte público UNE Sonora Hermosillo. Tesis de Mestria en Ciencias Sociales. Hermosillo, Sonora, México.
Gobierno de Sonora; Instituto Sonorense de la Mujer. (2016). Programa Transversal de Igualdad de Género 2016-2021. Sonora, México.
Muxí, M. Z., Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca, M., & Gutiérrez, V. B. (2011). ¿Qué aporta la perspectiva de género al urbanismo? Feminismo/s(17), 105-129. doi:https://doi.org/10.14198/fem.2011.17.
Valdivia, B. (2018). Del urbanismo androcéntrico a la ciudad cuidadora. Hábitat Y Sociedad(11), 65-84. doi:https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2018.i11.05